El género collage y la atrofia musical

2025-10-20

En una época en la que la electricidad nos permite ecualizar y alterar los volúmenes de los instrumentos musicales con gran facilidad, nace una concepción caprichosa de la utilización los instrumentos, en la que se usan de maneras que sólo funcionan gracias a la flexibilidad que da la electricidad.

Con «caprichosa» me refiero a que las razones que entran en juego a la hora de decidir, por ejemplo, qué instrumento toca qué pasaje son de índole simbólica o conceptual, o incluso a veces la decisión es arbitraria, y no tiene en cuenta la naturaleza acústica de los instrumentos ni la situación. El compositor, el arreglista o los propios músicos piensan únicamente en la sonoridad que quieren evocar o en la referencia musical que quieren hacer. Confían en que todo se escuchará en el plano adecuado gracias a una correcta mezcla y ecualización, por lo que no se tienen que preocupar por los volúmenes naturales, la configuración orquestal, el tipo de acompañamiento o la demanda energética o sonora del momento, ni siquiera por aspectos puramente logísticos como la portabilidad de los instrumentos.

Los estilos del pasado pre-eléctrico están fuertemente condicionados por la cuestión acústica. Antes era necesario utilizar la redundancia para conseguir volumen tanto en voces como en acompañamientos, se manejaban distintos registros de acompañamiento en función de la sonoridad del solista, los instrumentos estaban condenados a un rango dinámico limitado por su propia naturaleza. Nosotros, músicos del presente hemos heredado esos estilos, aunque muchas veces no llegamos a comprenderlos, ya que ahora contamos con la ayuda eléctrica, que cambia las reglas del juego. Ya no tenemos que doblar voces para conseguir volumen, no necesitamos adaptar el registro de acompañamiento y el timbre de los instrumentos nos preocupa por lo conceptual, no por la proyección.

Ha nacido un nuevo género: el collage. En él manejamos nuevos cánones, y también referenciamos los cánones del pasado, pero con muchas menos reglas, y por tanto la creatividad puede ser mucho mayor. Podemos «pegar» esto aquí, esto allá… mezclar elementos de mundos diferentes. Hemos desbloqueado combinaciones de voces y texturas antes imposibles. Los instrumentos ya no tienen esas molestas limitaciones acústicas que les condenaban a unos roles mucho más marcados.

Aún abrazando el maravilloso mundo de posibilidades creativas que la electricidad abre, no puedo dejar de advertir los riesgos que desligarse por completo del mundo acústico conlleva.

¿Colapsará nuestra mente ante tantas posibilidades? ¿Perderemos la sensibilidad y la capacidad de atención al entorno musical, y olvidaremos las técnicas y usos originales de los instrumentos? ¿Dejaremos de saber tocar en acústico y dependeremos siempre de un enchufe para hacer música? ¿Perderemos la flexibilidad para poder evaluar en cada momento los medios de que disponemos y en función de ello adaptar nuestras decisiones musicales? ¿Nos conducirá la tecnología a la atrofia musical?